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“Nuestra impaciencia y los formatos «micro»” en Yorokobu

Hace poco, la revista Yorokobu ha publicado un artículo de Isabel Garzo titulado “Nuestra impaciencia y los formatos «micro»”. Ya solamente el título del artículo me ha llamado la atención porque confirma una sensación que me viene muy a menudo y es que cada vez se nos están ofreciendo más y más productos para consumir de forma rápida, al modo “lo quiero todo y lo quiero ahora”, empaquetado en un formato comprimido para que se pueda digerir, o más bien deglutir, de una forma cómoda, sin despeinarnos. Los productos que se venden bajo este formato son de lo más variopintos, desde el tweet o el mensaje de whatsapp, pasando por los micro-relatos, las experiencias express o la comida rápida hasta la cultura de la búsqueda del éxito gracias a un golpe de suerte o la idea feliz. Sea como sea, cada vez me da más la impresión de que nuestra sociedad, y especialmente las generaciones más jóvenes, esta sumida en una carrera frenética por vivir la mayor cantidad de experiencias posibles buscando la vía más rápida para llegar a ellas y una vez vividas, se pueden tachar y a otra cosa.

Con esto no pretendo tomar una posición pesimista, solo que me da un poco de miedo esta inercia. Es innegable que todos estos micro-formatos tiene sus ventajas y que el hecho de que sean comprimidos no implica que no puedan ser productos de calidad. Además, en el artículo se explica muy bien que, nos guste más o menos, este modelo se adapta perfectamente a nuestra forma de vida. “El pequeño formato es más versátil, sencillo de montar y asequible para el público”. Es más, pienso que hay muy buenos productos que se nos presentan con este formato incluso los consumo habitualmente y estoy seguro de que detrás de ellos hay un largo trabajo y concienzudo trabajo, solo que se concentra para optimizar recursos y para que de menos pereza consumirlo. Como dice el refrán, “lo bueno, si breve, dos veces bueno” y es que lo corto, claro está, también tiene una acepción positiva.

Haciendo un paralelismo con mi campo, lo que a mi me da más repelús son tendencias como la que me contó un amigo que da clases en una escuela de arquitectura y es que un porcentaje nada despreciable de alumnos sueñan en dar algún día el pelotazo enganchando a algún famoso para hacerle su residencia, abriéndose las puertas a una vida de masiones con forma de balón, de cócteles, y entrevistas en programas del corazón (y es que no en vano A-cero es uno de los blogs que no suele estar mal posicionado en los rankings de los más influyentes) y no quiero decir con esto que arquitectos como Joaquín Torres no se lo haya currado para estar donde está, pero de verdad que me da un poco de miedo. Pero pensándolo bien esto no es nada nuevo. Que levante la mano el que en su época de estudiante no se dejó seducir por alguno de los astros del star system, pero esto es distinto porque me temo que lo que lo que realmente anhelan estos alumnos es el hecho de “dar el pelotazo”, que un golpe de suerte que los lance al infinito y más allá y no saben que, exceptuando algún caso particular y efímero por lo general, el éxito no llega de repente de un día para otro, sino que hay mucho mucho mucho trabajo y mucha mucha mucha constancia también. Pero igual esta actitud tampoco es nueva y yo me estoy inventando porque, ¿quien no ha soñado cuando era estudiante en ganar un concurso que lo pusiera de repente en la alfombra roja de la arquitectura?

Resumiendo, esto no es una mirada nostálgica al pasado ni una crítica indiscriminada al formato comprimido sino una llamada de atención a sus riesgos, a los riesgos de la sociedad del fast-food donde las cosas pueden llegar a ser tan ligeras que terminen perdiendo su dimensión y su peso específico. Solo me pasa que a veces echo de menos el tiempo necesario de las cosas.

Yorokobu, “take a walk on the slow side” ,)